Mostaza: mintiendo y puteando a los malvinenses no ayudás

Mostaza insulta a los malvinenses como truco publicitario, con una franquicia inviable que degrada una causa nacional para vender hamburguesas.

Imagen generada con inteligencia artificial.
Mostaza quiere ¿invertir? en Malvinas

Mostaza anunció que busca un franquiciado dispuesto a abrir un local en las Islas Malvinas, en su última ocurrencia de márketing patriotero. La empresa presentó la iniciativa como el final de su expansión nacional porque después de llegar a las 23 provincias, sostiene que todavía falta ocupar un último “punto argentino”.

La cadena de comidas rápidas, conocida por sus iniciativas controversiales, esta vez sumó estupidez a su márketing con la consigna “plantar bandera”. Una lamentable falta de inteligencia y comprensión del delicado escenario político en que se mueve la cuestión Malvinas. Al mismo tiempo toma un riesgo político innecesario en uno de los casos donde todos los argentinos se esfuerzan por cuidar el interés nacional de largo plazo.

La hipersensibilidad isleña frente a los símbolos argentinos tiene una explicación histórica concreta porque para muchos residentes, la bandera argentina, el nombre “Malvinas” y las consignas de soberanía están ligados a la guerra de 1982 y a un reclamo que consideran una negación de su identidad política. Por eso, una campaña que promete “plantar bandera” difícilmente sería vista allí como una metáfora inocente, sino como una provocación territorial.

Imagen: captura de cuenta de X @Mostaza_ok
Cuando se quedan sin ideas: Malvinas.

Entre tanto ruido político, es fácil entender por qué la iniciativa consiguió repercusión. Esta combina hamburguesas, soberanía, orgullo nacional y una empresa argentina que promete avanzar allí donde ninguna de sus competidoras "se animó". Es una fórmula diseñada para producir titulares, reacciones en las redes sociales y aplausos instantáneos especialmente en sectores de la peronería.

También es otro ataque de patrioterismo argento, con la ya clásica sustitución del patriotismo y las estrategias de largo plazo por una gesticulación estridente pero inconducente. Algo como lo que hizo la vicepresidente Victoria Villarruel antes de la semifinal con Inglaterra mezclando deporte, politiquería e interés nacional de largo plazo; pero en este caso se apalanca para vender hamburguesas a cambio de una cuestión medular para los argentinos.

El problema es convertir una de las causas más dolorosas y complejas de la historia argentina en el decorado de una campaña para vender hamburguesas.

Malvinas deja de ser una cuestión diplomática, histórica y humana para transformarse en una oportunidad de ¿branding?.

Una campaña antes que un proyecto

La empresa consiguió que los medios hablaran de ella, y miles de usuarios compartieran su campaña. Entre tanto, su marca queda asociada con Malvinas sin haber realizado todavía una inversión en las islas.

Es posible que algún día abra el restaurante. Pero, desde el punto de vista publicitario, no lo necesita porque la campaña ya produjo el efecto buscado.

La propia documentación oficial de Mostaza ayuda a dimensionar el calibre de infinita estupidez de sus chimpancés de márketing.

Si la prioridad fuera construir un negocio sostenible en Puerto Argentino, la empresa habría presentado la propuesta con prudencia, sensibilidad y vocación de integrarse a la comunidad malvinense.

La inicitaiva es mentira porque la compañía misma indica que una franquicia requiere normalmente una población mínima de 60.000 habitantes para considerar una localidad apta para operaciones. Es decir, para un territorio como Puerto Argentino con menos de 3.000 residentes habituales, un primer análisis demuestra que no hay un interés más allá de la estridencia patriotera.

Por lo tanto, Mostaza promociona una apertura en un mercado equivalente a apenas el 5% de la población mínima que su propio modelo considera viable.

La campaña que funciona en Buenos Aires es un granito de arena para otro fracaso argentino

Vamos al traspíe político, imperdonable, para esta patota de idiotas peligrosos con megáfono.

El mensaje fue diseñado para entusiasmar al público argentino en la parte continental del país. “Plantar bandera” convierte la apertura de un restaurante en una supuesta acción de soberanía; pero para los residentes de nuestras islas es un insulto directo, como ya establecimos arriba.

Y para una parte sustancial de esos habitantes, la idea de que una empresa llegue para “plantar bandera” no sería una simpática metáfora comercial, porque es lisa y llanamente una provocación.

Esto revela hasta qué punto la eventual franquicia es secundaria. Si la prioridad fuera construir un negocio sostenible en Puerto Argentino, la empresa habría presentado la propuesta con prudencia, sensibilidad y vocación de integrarse a esa comunidad.

En cambio, eligió un lenguaje territorial y confrontativo porque el verdadero público de la campaña no vive en las islas.

Malvinas como campaña de Márketing

Varios gobiernos apalancaron la causa Malvinas porque una bandera puede evitarles la necesidad de presentar una idea seria.

Este caso agrega un nuevo capítulo: Malvinas como campaña de marketing, porque cuando las ideas escasean para lo comercial, ahora también se puede recurrir a los mismos recursos históricos de la peronería política patriotera.

Por lo tanto, y como es de prever, la empresa no se propone mejorar la relación con los habitantes de las islas, de hecho, los desprecia y los insulta con patrioterismo berreta. Tampoco se estudia cómo incrementar la presencia económica, cultural o científica argentina en el Atlántico Sur; ni se plantea una iniciativa humanitaria o una política sostenida de acercamiento.

Se utiliza la causa como un recurso emotivo para promocionar una cadena de hamburguesas.

El patrioterismo funciona precisamente así. Reduce un asunto complejo a una consigna infantil, identifica el gesto grandilocuente con la acción concreta y convierte cualquier crítica en una supuesta falta de patriotismo.

Sabemos que la empresa miente como un político de la peronería, porque los números no dan ni de cerca.

Pero una bandera colocada sobre una caja de hamburguesas no fortalece la posición argentina, por el contrario, la degrada.

Mostaza al país como incapaz de distinguir entre una política nacional y una acción promocional, reemplazando la inteligencia diplomática por la picardía publicitaria. Y transforma una historia marcada por la guerra, el sacrificio y décadas de disputa en una oportunidad para vender combos.

[EXEUNT]


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