Malvinas: la colonia blanca que Londres no quiere discutir

Simon Jenkins abrió un tabú para la corona británica: costo fiscal, racismo imperial y el contraste entre Malvinas y, Hong Kong, Diego García y Gibraltar.

Imagen requetechoreada de internet.
Al final del partido entre Inglaterra y Argentina arrojaron esta consigna desde las tribunas a los jugadores.

Simon Jenkins puso en The Guardian una pregunta que Londres evita desde hace más de cuarenta años, ¿por qué algunas colonias pueden negociarse, transferirse o administrarse con pragmatismo, mientras Malvinas permanece congelada como un tabú imperial?

El punto más original es el ángulo racial que Jenkins introduce con una sutileza devastadora. Jenkins se pregunta por qué el Reino Unido pudo desprenderse de Hong Kong, pudo negociar Diego García y acaba de encontrar una fórmula práctica para Gibraltar, pero con Malvinas el reflejo cambia; el autor sugiere una respuesta que en Londres casi nadie reconoce, los isleños son británicos blancos.

¿El derecho de los habitantes pesa más cuando esos habitantes se parecen al colonizador?

Jenkins parece denunciar un racismo residual del establishment británico. La autodeterminación, en ese marco, no funcionaría como principio universal, sino como argumento selectivo. Hong Kong podía volver a China aunque millones de hongkoneses no quisieran quedar bajo el Partido Comunista.

Gran Bretaña pudo transferir formalmente la soberanía de Diego García y el resto del archipiélago a Mauricio, mientras conservaba la base militar mediante un arrendamiento de largo plazo, pese a que el acuerdo deja parcialmente sin resolver la expulsión y el derecho de retorno de los chagosianos, los habitantes originarios desplazados por las fuerzas armadas británicas.

Pero Malvinas, con una población blanca, británica y culturalmente afín al centro imperial, entra en otra categoría moral.

Imagen: captura de pantalla.
La nota que generó la polémica.

Ese es el aporte más interesante de Jenkins. Si bien condena de manera explícita el desembarco argentino de 1982, Jenkins obliga a mirar el argumento británico desde otro lugar. Si el Reino Unido defiende la autodeterminación como principio absoluto, ¿por qué ese principio no operó igual en otros territorios coloniales? Si lo que importa es la voluntad de los habitantes, ¿por qué Hong Kong fue negociable?

El segundo punto fuerte es económico. Jenkins recuerda que sostener la defensa de las islas cuesta más de 60 millones de libras anuales al contribuyente británico. Ese número importa menos por su magnitud exacta que por la ecuación que revela. El Reino Unido ya no es el imperio que controlaba mares, rutas y colonias como piezas naturales de su poder global. Es una potencia con fuerzas armadas tensionadas, problemas fiscales, portaaviones discutidos, submarinos exigidos por Rusia y una agenda de defensa cada vez más cerca de Europa que del Atlántico Sur.

En ese contexto, Malvinas empieza a parecer menos una posición estratégica y más una carga simbólica. Una fortaleza aislada, cara y sostenida por el peso político de una victoria militar de 1982. Jenkins lo plantea con elegancia británica, pero el argumento de fondo es áspero porque Londres paga para sostener una postal imperial que cada año vale menos en términos estratégicos y cuesta más en términos políticos.

La comparación con Gibraltar vuelve todo más evidente. El Reino Unido y España, con participación de la Unión Europea y del propio gobierno gibraltareño, acaban de cerrar un acuerdo que elimina barreras físicas y ordena la vida cotidiana sin resolver por completo la soberanía. Gibraltar es estratégico de verdad porque controla la entrada al Mediterráneo, toca intereses militares, comerciales y europeos. Aun así, hubo negociación y pragmatismo.

Entonces, si Londres puede negociar Gibraltar, ¿por qué no puede siquiera discutir Malvinas?

La respuesta británica tradicional es el referéndum de 2013, cuando casi todos los votantes de las islas eligieron seguir bajo soberanía británica. El dato existe y debe ser tomado en serio, pero no clausura todo. Especialmente si refomulamos la pregunta.

En 2013 se preguntó: ¿desea usted que las Islas Malvinas conserven su actual estatus político como Territorio de Ultramar del Reino Unido? Los isleños respondieron por "Sí" con 1.513 votos, un 99,8%.

¿Quién quiere hacer un salto a lo desconocido? Nadie. Pero todos queremos llevarnos bien con nuestros compañeros de barrio.

Apuesto lo que no tengo que si la pregunta hubiera sido algo como, ¿desea usted que las Islas Malvinas negocien un entendimiento con los vecinos argentinos dentro de los auspicios de su status como Territorio de Ultramar del Reino Unido? El resultado hubiera sido muy distinto, hay varias generaciones de isleños que están hartos de los caprichitos -de ambos lados.

La Argentina también tiene trabajo pendiente. Repetir “¡devolveme las islas!” no es una política exterior. Si Buenos Aires quiere discutir en serio, tiene que presentar un modelo real, con autonomía amplia para los isleños, garantías internacionales, protección de derechos, régimen migratorio propio, continuidad jurídica, moneda, comercio, pesca, defensa y relaciones exteriores bajo un esquema gradual. Algo parecido a un acuerdo inteligente, no a una fantasía de ocupación administrativa desde la Plaza San Martín.

Jenkins abre una puerta porque obliga a las dos partes a salir de sus infantilismos. Al Reino Unido le dice que deje de tratar Malvinas como una reliquia sagrada del imperio. A la Argentina le recuerda, aunque indirectamente, que una causa justa puede arruinarse si se la administra con consignas berreta.

La discusión nueva es si Londres puede sostener eternamente el costo fiscal, militar y moral de una colonia blanca que protege con argumentos que no aplicó igual a colonias no blancas.

Malvinas es también es el espejo donde Gran Bretaña tiene que mirar qué queda de su imperio, cuánto está dispuesta a pagar por él y por qué algunos pueblos coloniales merecieron pragmatismo mientras otros siguen congelados en una épica de guerra.

La bandera en el partido era una sábana pintada por hinchas argentinos. Jenkins la convirtió en una excusa para preguntar si Londres va a seguir pateando la pelota a la tribuna otros cuarenta años.

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