Luján, fe y política: ¿la religión juega o juegan con la religión?

La Iglesia lo denomina homilía, pero fue un discurso. García Cuerva llevó a Luján un mensaje social de efecto político. El problema no es que la Iglesia hable, sino que haga discurso partidario esquivando las urnas.

Imagen editada con inteligencia artificial.
El acto político gozó de una gran concurrencia.

La Iglesia lo denomina homilía, pero fue un discurso.

Jorge Ignacio García Cuerva habló dentro de una misa, ante la Basílica de Luján, al cierre de la 52ª Peregrinación Juvenil. Y su intervención tuvo elementos inequívocamente religiosos como su vestimenta, el escenario y consignas religiosas. La próxima visita del papa León XIV a la Argentina fue otra de las menciones obligadas.

No fueron palabras para fieles, eran para militantes.

García Cuerva describió una Argentina herida por la descalificación, la intolerancia y la violencia; habló de quienes no tienen trabajo, de personas con discapacidad, jubilados, pobres, gente que vive en la calle y jóvenes atravesados por las drogas. Días antes había anticipado que León XIV encontraría una Argentina “herida”, “dividida” y con una proporción importante de pobres. Medios ideológicamente tan distintos como La Nación y Página/12 interpretaron sus palabras como una intervención dirigida, directa o indirectamente, al gobierno de Javier Milei.

Por eso es analizarlo como discurso político, con sus herramientas y métodos, es la mejor manera de leerlo. Pero ahí aparece el problema.

La cuestión no es hablar de pobres

García Cuerva tiene perfecto derecho, y desde la doctrina católica podría sostenerse que tiene la obligación, de hablar de pobres y marginados. La doctrina social de la Iglesia lleva más de un siglo ocupándose de estos temas.

Además, el problema social que señala existe.

El INDEC acaba de informar que 32,3% de los argentinos de los principales aglomerados urbanos estaba debajo de la línea de pobreza en el primer semestre de 2026, frente al 28,2% de fines de 2025. El desempleo alcanzó 7,9% en el segundo trimestre. No hay que negar esos datos para cuestionar la utilización política que pueda hacerse de ellos.

¿Se aplica el Evangelio a la política o se apalanca el púlpito para formular una interpretación política?

Sin embargo, cuando García Cuerva enumera vulnerabilidades dentro de un contexto político específico, a un mes de la visita del Papa, y las combina con referencias a la violencia verbal, la intolerancia, el individualismo y la indiferencia, construye un diagnóstico político de la Argentina.

El discurso identifica víctimas y males sociales, pero prácticamente no desarrolla causalidades. Hay pobreza, pero no una discusión sobre qué políticas produjeron décadas de inflación, déficit, baja inversión o estancamiento.

Cuando un arzobispo entra en la esfera política con la autoridad simbólica de la religión, aparece una pregunta, ¿aplica el Evangelio a la política o utiliza el púlpito para formular una interpretación política revestida de autoridad religiosa?

“Abrazarnos” es una posición política

Pedir “unidad” nunca es políticamente neutro cuando existe una disputa sobre reformas concretas. Toda transformación económica produce ganadores y perdedores. Exigir menos confrontación puede moderar al Gobierno; también demandaría a sindicatos, gobernadores, oposición, empresarios, movimientos sociales y organizaciones religiosas que acepten reformas que rechazan.

El problema es cuando el imperativo moral tiene destinatario selectivo. García cuerva no pide "moderación" a quienes son de su línea política, la exige sólo para una mayoría que no es de su agrado.

Los argentinos rechazaron en las urnas lo que el prelado pregona, pero este decide ignorar los deseos democráticos y legítimos de todos, en favor de una facción que ocultó parte de ese botín en la diócesis donde ofrecía su discurso, sólo a minutos a pie de la Basílica de Luján. Ni un guionista de cine sería capaz de componer algo con semejante desconexión entre política, corrupción y realidad.

Imagen: captura de pantalla.
Imagen tomada a metros donde los fieles escuchaban las palabras del obispo este domingo.

Entre tanto, la cobertura de la intervención muestra que prácticamente todos entendieron quién estaba siendo interpelado. La Nación la presentó como un nuevo mensaje hacia Milei; Página/12 directamente la encabezó como una crítica al Presidente. Esa coincidencia entre medios enfrentados dice bastante sobre el contenido político percibido del mensaje.

Perón y la Iglesia: una advertencia

La relación entre catolicismo y peronismo nunca fue una alianza permanente. Fue una relación de atracción, apropiación, competencia y finalmente conflicto.

La investigación histórica de CONICET muestra que elementos centrales del imaginario peronista, elementos como la idea de pueblo, la valorización de los trabajadores y parte de la denominada Tercera Posición; tenían antecedentes importantes en el catolicismo argentino de las décadas de 1930 y 1940. El primer gobierno de Perón mantuvo una complementariedad con la Iglesia con enseñanza religiosa, actos oficiales acompañados por ceremonias católicas y una considerable superposición simbólica entre comunidad nacional y comunidad religiosa.

Funcionó mientras ambos poderes imaginaron que podían utilizar al otro.

En 1954 la relación estalló. Perón pasó a considerar a sectores católicos parte de la oposición; el Gobierno eliminó la enseñanza religiosa obligatoria y tomó otras decisiones secularizadoras. La crisis terminó atravesada por violencia política, el bombardeo de Plaza de Mayo y, aquella misma noche del 16 de junio de 1955, la quema de iglesias porteñas por grupos peronistas.

Del peronismo clásico a los sacerdotes tercermundistas

La relación reapareció de otra manera en los años sesenta y setenta.

El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo fue una de las expresiones más importantes de la radicalización del catolicismo argentino posterior al Concilio Vaticano II. Investigaciones académicas describen cómo sectores del movimiento articularon cristianismo profético, socialismo latinoamericano y vertientes revolucionarias del peronismo.

Cuando el lenguaje religioso se funde con una causa política concreta, la trascendencia corre el riesgo de convertirse en legitimación de un proyecto temporal. Y cuando ese proyecto se radicaliza, el sacerdote deja de ser percibido como pastor de una comunidad plural y se convierte en integrante de una facción.

El problema tampoco es exclusivamente argentino

En Italia, la Democracia Cristiana gobernó prácticamente sin interrupción desde 1948 hasta 1994. Fue decisiva en la reconstrucción democrática de posguerra y en impedir una deriva autoritaria, pero la identificación prolongada entre electorado católico, Iglesia y un partido terminó generando también dependencia mutua. Cuando la DC colapsó en los años noventa, en medio de la transformación del sistema político y los escándalos de Tangentopoli, la Iglesia debió reconstruir una presencia pública que ya no dependiera de una sola maquinaria partidaria.

España ofrece la trayectoria inversa. La cercanía de buena parte del catolicismo institucional con el franquismo marcó durante décadas la percepción pública de la Iglesia. Parte de la jerarquía comenzó a alejarse del régimen en sus últimos años y distintos estudios atribuyen a ese distanciamiento un papel positivo en la transición democrática y en la aceptación posterior de un Estado aconfesional.

Nicaragua ofrece una versión latinoamericana más extrema. Sacerdotes que asumieron cargos en el gobierno sandinista llevaron la fusión entre ministerio religioso y poder político hasta un punto que provocó un choque directo con Juan Pablo II. El Vaticano terminó insistiendo precisamente en separar sacerdocio y ejercicio del poder civil.

La constante es cuando la Iglesia se convierte en parte reconocible de una coalición política, gana capacidad de influencia inmediata pero arriesga autoridad moral de largo plazo.

¿La religión juega o juegan con la religión?

García Cuerva puede denunciar pobreza y exigir respeto por los discapacitados. También puede condenar insultos. Eso es lo que un prelado debe hacer.

Pero cuanto más específico se vuelve el diagnóstico político y más identificable resulta el destinatario, más legítimo es exigirle al orador el mismo estándar que se exige a cualquier participante del debate público: contexto, causalidad, consistencia y memoria.

Si se denuncia la pobreza de 2026, hay que recordar que Argentina lleva décadas fabricándola y que actualmente afecta al 32,3% de la población urbana medida por INDEC. Si se habla de discapacidad, también corresponde registrar que existe desde 2025 una ley de emergencia reglamentada en 2026, actualizaciones mensuales de prestaciones y una discusión real sobre financiamiento, auditorías y sostenibilidad.

Y si se pide terminar con la intolerancia, el principio debería aplicarse a todos: Gobierno, oposición, sindicalismo, empresarios, medios, organizaciones sociales y también dirigentes eclesiásticos.

Ahí está la debilidad del discurso de García Cuerva.

Cuando desde un mismo púlpito resulta difícil determinar dónde termina la "doctrina social" y empieza la "doctrina política", la pregunta pasa a ser cuántos votantes tiene esa línea partidaria, qué resultados electorales obtendría y -eventualmente- qué gestión de gobierno ofrecería a los argentinos. Si se elige dejar esas cuestiones en el aire, es hora de llamarse a una cristiana humildad y mantener la fe y la política separadas.

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