¿Estás listo para el nuevo orden global de las "mesas chicas"?
¿Está Latinoamérica preparada para el orden que se viene? El mundo entra en una etapa de alianzas flexibles con menos cumbres eternas, más coaliciones capaces de resolver problemas.
Las grandes decisiones internacionales se mudan a mesas más chicas y más selectivas. De Ucrania a los minerales críticos, de la inteligencia artificial a la defensa europea, el poder global se organiza cada vez menos alrededor de instituciones universales y cada vez más alrededor de coaliciones de países capaces de actuar sobre problemas concretos.
Ese es el punto central del artículo que Mark Carney, primer ministro de Canadá, y Alexander Stubb, presidente de Finlandia, publicaron en The Economist este domingo.
"Las decisiones grandes se toman en mitines chicos y las decisiones chicas se adoptan en reuniones grandes", la frase atribuida a Deng Xiaoping cobra más relevancia.
Por un lado, Finlandia comparte frontera con una Rusia que invadió Ucrania y que sigue actuando como potencia revisionista. Por el otro, Canadá comparte la frontera terrestre más larga del mundo con Estados Unidos, una superpotencia que revisa sus prioridades, su política comercial y su papel en el sistema internacional.
El fondo de la posición es que el orden posterior a 1945 pierde capacidad de organizar el mundo. Sus instituciones conservan prestigio, lenguaje y rituales diplomáticos, pero muchas veces carecen de velocidad o poder efectivo para responder a los conflictos reales. En ese vacío aparece la geometría variable, como una lógica nueva.
En un mundo de coaliciones ad hoc, los países irrelevantes quedan afuera por default.
Los países ya no se alinean únicamente detrás de bloques permanentes ni esperan soluciones universales para cada crisis, sino que se agrupan según el tema. Defensa, energía, comercio, minerales, inteligencia artificial o Ucrania. Cada problema produce su propia coalición, con sus socios y límites.
Carney y Stubb llaman a esto realismo basado en valores, values-based realism según el término en idioma original. La fórmula busca un escape del multilateralismo declamativo, que confía demasiado en instituciones funcionando cada vez peor; así como de la realpolitik pura, que reduce todo a intereses y abandona cualquier pretensión de principios. La alternativa que proponen combina pragmatismo y orientación moral. Esto consiste en cooperar con quienes comparten valores, negociar con cautela con quienes no los comparten y construir acuerdos parciales cuando exista un interés común.
Ucrania es el ejemplo más evidente. La llamada “coalición de los dispuestos” y funciona como un espacio de coordinación entre países que entienden que la seguridad europea requiere velocidad, industria, defensa y compromiso político. Algo parecido ocurre con los minerales críticos, donde las economías avanzadas buscan un límite a la dependencia estratégica de China.
Esto, según los autores, también ocurrirá con la inteligencia artificial, donde el poder ya no depende sólo de territorios, ejércitos o tratados, sino de datos, cómputo, energía y talento.
Una oportunidad no es una estrategia.
Para América Latina, el debate tiene una consecuencia directa porque en un mundo de coaliciones ad hoc, los países irrelevantes quedan afuera por default. Nadie convoca a una mesa estratégica a quien sólo ofrece inestabilidad, ruido interno, incumplimientos recurrentes y épica diplomática vacía. Se convoca a quien aporta algo, por ejemplo, energía, minerales, estabilidad jurídica o alineamiento estratégico.
La Argentina debería leer esta discusión con atención porque tiene litio, gas, alimentos, talento humano, ubicación atlántica, tradición diplomática y una oportunidad de reinsertarse en Occidente como socio útil. Pero una oportunidad no es una estrategia y para entrar al nuevo tablero hace falta previsibilidad, capacidad estatal, seriedad fiscal, defensa modernizada y una política exterior que sepa distinguir entre consigna y poder.
El mundo que viene será menos ceremonial y más transaccional; y menos paciente con los países que llegan tarde. La pregunta central será quién puede construir poder con otros antes de que otros construyan poder sin él.
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