Terminó la batalla cultural, comenzó la guerra híbrida cultural

La batalla cultural generaba debate, pero no agresión estatal directa. Por ende, llegamos a la post-batalla cultural y abrimos un nuevo capítulo llamado guerra híbrida cultural.

Imagen generada con inteligencia artificial.
Una nueva forma de ataque cayó sobre la Argentina.

Primero, como todos, no entendía qué pasaba.

El lunes puse un tweet picante, admito abiertamente que lo soy, y de repente un posteo que no necesariamente cumple con todas las reglas de la viralidad en X tuvo un alcance demasiado alto.

Casi un cuarto de millón de visualizaciones no es razonable. Esta fue la primera chispa en una cadena de hechos que pasaron de “casualidades” a “causalidades” en pocas horas.

Al ver cómo “volaba” este tweet trivial, corrí un análisis sobre las interacciones del post usando Grok, en la misma plataforma.

Ese análisis destilaba que un tercio de las respuestas tenían una alta probabilidad de ser bots, otro tercio tenían una probabilidad media y el último tercio eran interacciones reales.

Por lo tanto, tenía que estar ante una “armada” de unos 1000 bots, para generar estos resultados. Sin más análisis en ese vector, cambié de línea.

La guerra híbrida es una forma de confrontación que combina instrumentos militares y no militares para debilitar a un adversario.

Calculé, apalancando ChatGPT y el mismo Grok que para operar esa cantidad de bots se necesitan unos cuatro operadores y un gerente. Así, concluí que los recursos necesarios para montar una campaña de objeciones a esa escala para un twittero de poca monta como yo demandaba muchos recursos de hardware y un equipo profesional.

Luego valué ese esfuerzo en unos US$185.000 dólares mensuales, el plazo mínimo para contratar esta gente. Este es el promedio en un universo con mucha dispersión, debo aclarar. Asimismo, esos son los recursos que yo vi pasar por delante del tweet de arriba, obviamente, estos sirven para una multiplicidad de twitteros pro-Argentina en el mundo; es decir, vi sólo una pequeña fracción.

A esta altura estoy lejos de los datos y haciendo deducciones con poca información concreta. Pero mi análisis apunta en otra dirección y estos estimados son sólo una referencia.

En las redes sociales, la guerra híbrida funciona mediante la manipulación deliberada del debate público.

Todos sabemos que tener granjas de trolls de “clase internacional” es caro. Demandan personal especializado y hardware. Se deben ocultar IPs, generar contenido en escala, narrativas y reponer las cuentas que las redes dan de baja al detectar que son apócrifas; entre otras tareas.

En Argentina esta escala no existe, no importa lo que digan. Nunca vimos algo de esta magnitud a nivel nacional.

Por lo tanto, dada la magnitud planetaria de la campaña, en español, inglés y otros idiomas; ahora hablamos de millones de dólares.

La guerra híbrida

La guerra híbrida es una forma de confrontación que combina instrumentos militares y no militares para debilitar a un adversario sin recurrir necesariamente a una guerra convencional abierta. Puede incluir operaciones de inteligencia, presión económica, ciberataques, sabotaje, desinformación, coerción diplomática, apoyo a grupos internos y acciones militares encubiertas. 

Su objetivo no siempre es conquistar territorio, porque en realidad busca la erosión de instituciones, la división de la sociedad, alterar decisiones políticas y la reducción de la capacidad de respuesta del Estado atacado, manteniendo al mismo tiempo la ambigüedad sobre quién dirige la operación.

Cuando Rusia “contrató” columnas falsas en medios argentinos, vimos una de las maneras de conducir este tipo de maniobras ofensivas.

En las redes sociales, la guerra híbrida funciona mediante la manipulación deliberada del debate público. Así, actores estatales o grupos vinculados a ellos, utilizan cuentas falsas, bots, medios afines, publicidad segmentada y usuarios reales para instalar narrativas, amplificar conflictos y convertir episodios aislados en aparentes crisis nacionales. Estas operaciones no necesitan convencer a toda la población porque les alcanza con sembrar dudas, enfrentar comunidades, desacreditar instituciones y saturar el espacio informativo hasta que resulte difícil distinguir entre información auténtica, propaganda y contenido manipulado.

Aplicando estas definiciones generales al ataque contra la Argentina en redes, especialmente X/Twitter, los vectores quedan expuestos.

La batalla cultural generaba debate, pero no agresión estatal directa. Por ende, llegamos a la post-batalla cultural y abrimos un nuevo capítulo llamado guerra híbrida cultural.

El objetivo de los agresores por ahora desconocidos, como en todo ataque híbrido, es por un lado debilitarnos y por otro aterrorizar a terceros, so riesgo de correr la misma suerte. Es decir, escarmentar y al mismo tiempo, dar un castigo ejemplificador.

La coalición que tenemos frente reúne grupos unidos desde hace relativamente poco tiempo. Ciertas izquierdas del Atlántico Norte, intereses de Europa Oriental y de Medio Oriente; este último llega con importante financiamiento.

Vimos cómo se articularon en el contraataque antisemita post 7 de octubre, hechos que comenzaron online y terminaron en serios incidentes en las calles de Estados Unidos y otros países del mundo.

Entre tanto, no hay motivos para pensar que esta guerra híbrida bajará en intensidad, todo lo contrario. Al mismo tiempo, me tranquiliza que en los escalones máximos de responsabilidad del país se entiendan estos conceptos.

El presidente argentino interactuó con este tweet, y esto sugiere que al menos leyó el término.

Ahora es tiempo de ver cuáles pueden ser los próximos pasos.

Excluyendo ataques terroristas directos como los dos de la década del 90, poco probables en un contexto geopolítico como el actual, veo dos caminos como más factibles.

El primero es, ante el éxito demostrado, continuar los ataques contra el poder blando argentino a través de redes. La coalición demostró fenomenal eficacia. Por lo tanto, es de esperar que este tipo de acciones continuará, dependiendo de las oportunidades que los ciclos de noticias ofrezcan.

En segundo lugar está la ampliación de ciberataques, para profundizar la medida “ejemplificadora” contra la Argentina.

El manual ruso

Los ataques más debilitantes y menos costosos están contra la infraestructura crítica. Dentro de la coalición agresora están los rusos, quienes ampliaron su experiencia en la guerra ucraniana con ciberataques a bancos, centros de datos, energía y otros servicios de relevancia.

Para operadores de ese origen, con financiación externa dado el vaciamiento ruso con las derrotas en el campo de batalla europeo, es de deducir que repetirían el manual ucraniano.

Primero ataques DDOS, los “service denial attacks” que son los ciberataques más crudos. Están pasados de moda, sin embargo esa sería la primera prueba de ciberdefensas. Antes de todo ataque real, hay escaramuzas de prueba.

Cuando se vea que páginas vinculadas con el gobierno o los principales servicios públicos se “caen”, estaremos frente a los ataques de prueba.

Las agresiones más dañinas son contra la infraestructura crítica. Es decir, los sistemas digitales detrás de la energía, el agua y otros servicios para el funcionamiento de la vida y la actividad económica.

Puedo decir, con alto nivel de confianza, que las estructuras de ciberinteligencia y ciberdefensa argentinos no están a la altura de la misión.

Desde hace años el debate sobre las vulnerabilidades en este campo demuestra que la superficie expuesta es grande y difícil de proteger adecuadamente. Hay mucho por hacer para endurecer primero los sistemas críticos, aunque toma mucho tiempo y recursos. Las empresas proveedoras de servicios deben tener incentivos para cubrirse y en todo el mundo demandan subsidios para cumplir con esta tarea básica.

Con recordar el 16 de junio de 2019, el día que colapsó el Sistema Argentino de Interconexión (SADI), prácticamente toda la Argentina quedó sin suministro eléctrico, alcanza para ilustrar a qué me refiero.

Hasta el momento, ninguna repartición pública u empresa privada informó que se hayan tomado medidas defensivas para proteger a todos los sistemas críticos del país; sólo Transener comunicó haber mejorado sus ciberdefensas, es decir, sólo un eslabón en una cadena larga.

Los argentinos deberán decidir cuántos recursos destinan a la defensa en el ciberespacio ante un nuevo formato de conflicto.

La misión

Puedo decir, con alto nivel de confianza, que las estructuras de ciberinteligencia y ciberdefensa argentinos no están a la altura de la misión.

Acabamos de ver una falla catastrófica en la defensa, para ponerlo con moderación.

La campaña antiargentina midió las defensas y reacciones por semanas durante el Mundial; sin embargo los responsables nunca se enteraron. Es más, este ataque fue una sorpresa total y parte de su éxito está en esto último.

Mi conclusión preliminar no es que sorprendieron al Ministerio de Defensa argentino, lo madrugaron y lo dejaron knock out.

Acabamos de ver una falla catastrófica en la defensa, para ponerlo con moderación.

Sin embargo, hay que seguir adelante y organizar sistemas de contención para el próximo embate. Y así como las Fuerzas Armadas argentinas simularon un ataque cinético contra un activo como Vaca Muerta en el Ejercicio Kekén en abril de este año, es tiempo de hablar del “Kekén del ciberespacio” para proteger el interés argentino en ese dominio.

La guerra híbrida requiere que tanto las estructuras castrenses como las civiles estén preparados la próxima vez que quieran hacer un ejemplo global de los argentinos.

Y el máximo desafío en este momento es para la mentalidad, o cultura organizacional, dominante entre los principales cuadros de la defensa nacional. La ciberdefensa es una actividad eminentemente civil, y el adiestramiento militar choca casi directamente con las habilidades necesarias para defender a la República en el ciberespacio.

En esto está, según mi mejor análisis, el por qué nuestra defensa expuso la falla catastrófica reciente. Para nada es negligencia o falta de compromiso, eso no se cuestiona entre quienes llevan el uniforme de las Fuerzas Armadas, el problema es el “sistema operativo” dentro del cual operan y desde el cual evalúan los riesgos.

Porque ese sistema operativo no es adecuado a los nuevos desafíos y, hay dos posibilidades, o se adecúa desde adentro urgentemente o la actualización llegará en forma de sucesivas fallas catastróficas en la defensa de nuestro país y su población.

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