Encuestas, imagen y voto: el error de confundir una foto con una elección
No hay nada dicho para las elecciones de 2027. Nadie tiene saldo positivo y el rechazo atraviesa a toda la política argentina, es lo que se desprende de las encuestas.
La Argentina no tiene dirigentes populares, se desprende de la ESPOP, la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés. Tiene dirigentes conocidos, dirigentes odiados, dirigentes desconocidos y dirigentes con nichos intensos. Pero nadie puede mirar esos números y hablar de capital político limpio.
Este relevamiento midió la imagen de dirigentes nacionales y mostró un escenario de rechazo transversal. Incluso los mejor posicionados tienen más rechazo que adhesión.
El dato central, sin embargo, no está sólo en el ranking, sino en cómo leerlo. Una encuesta no es una elección y una medición de imagen no equivale a intención de voto. Y una diferencia pequeña entre dirigentes puede caer dentro del margen de error. Eso quiere decir que no se puede convertir cada barra de un gráfico en una profecía electoral.





Cuadros principales de la ESPOP.
La discusión apareció al analizar casos como Dante Gebel, Hernán Lacunza y Victoria Villarruel. Gebel tiene un problema evidente de desconocimiento y si buena parte del electorado no sabe quién es, su eventual candidatura no nace desde el voto sino desde la construcción de notoriedad. Lacunza enfrenta otro problema porque puede ser conocido por sectores politizados, pero no parece haber construido todavía lenguaje de candidato. Y Villarruel muestra una diferencia clave entre imagen residual e intención de voto propia.
Ahí está el error más frecuente del periodismo político argentino, porque tomar imagen no es voto directo. Una persona puede tener buena imagen relativa y no mover estructura electoral. Otra puede tener rechazo alto y aun así retener un núcleo duro suficiente para competir. Javier Milei es el caso más claro porque acumula imagen negativa elevada, pero conserva capacidad electoral si su voto se organiza alrededor de identidad, miedo al retorno peronista, baja de inflación o expectativa de mejora.
El sistema político llega a 2027 con una crisis general de representación. Nadie enamora demasiado y en ese clima, la campaña no se juega sólo en subir imagen positiva, está en ordenar el voto propio, reducir fuga, administrar rechazo y convertir bronca en participación.
La foto no es la elección pero advierte que será una contienda sucia, fragmentada y con pocos candidatos realmente queridos.
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