Bolsonaro y la “fake”: equivocarse no es lo mismo que inventar
La cobertura de la salida del senador brasileño reabrió una discusión sobre fuentes anónimas, versiones contradictorias y rectificaciones. El estándar profesional no exige infalibilidad, pero tampoco permite esconder los errores.
La salida de Flávio Bolsonaro de Brasil finalmente se confirmó. Su llegada a Miami también. Eso no convierte en correctas todas las versiones que circularon durante su viaje, pero tampoco permite la descalificación de toda la cobertura como una noticia inventada. Por otra parte, EFE constató este miércoles su arribo junto a su esposa y sus dos hijas (¿Se nota cómo citamos fuente en Peronería?).
En Actualidad y otras desgracias se defendió la distinción entre los datos obtenidos mediante procedimientos periodísticos admisibles. Una noticia puede resultar equivocada sin ser fabricada. La evaluación debe considerar qué sabía la redacción cuando publicó, cómo lo obtuvo y qué hizo cuando aparecieron nuevos datos.
Ni impunidad para las redacciones ni absolución para las fuentes que las engañan.
En una versión consultada de su cobertura, CNN atribuyó a dos fuentes el hecho de que Bolsonaro viajaba a Estados Unidos. La misma nota incluyó desmentidos y dejó constancia de las consultas realizadas a autoridades y a representantes del senador. Había, por tanto, un proceso de búsqueda y contraste, no simplemente una afirmación sin sustento identificado.
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El uso de fuentes reservadas es admisible. Reuters recomienda en su manual el contraste de la información, señala que dos o más fuentes son preferibles a una y exige evaluar su posición, antecedentes y motivaciones. Incluso contempla publicaciones con una única fuente anónima, pero como excepción y con autorización especial. El anonimato, por sí solo, no invalida una noticia.
Tampoco la cantidad garantiza su exactitud. Tres personas que repiten una misma versión interesada pueden constituir tres interlocutores, pero una sola cadena informativa. Si funcionarios de distintos países coordinaran un engaño, una redacción diligente podría caer en él. Sin embargo, esa coordinación debe demostrarse porque no alcanza con encontrar declaraciones coincidentes.
El anonimato, por sí solo, no invalida una noticia.
El antecedente de Gaza en mayo de 2021 ilustra el problema. Algunos medios informaron una incursión terrestre después de recibir confirmaciones militares israelíes que luego fueron retiradas. Hubo denuncias de manipulación; el Ejército alegó una falla de comunicación. AP, que contrastó los mensajes con información sobre el terreno, no publicó que la incursión hubiera ocurrido. Este episodio generó controversia, no una aceptación unánime de lo sucedido.
La defensa del periodismo no necesita negar sus errores. Si se informó una llegada antes de que se produjera, ese dato era incorrecto y debe rectificarse, aunque el viajero haya llegado después. Un hecho verificable puede ser falso; lo que no corresponde es equiparar automáticamente ese error con una fabricación deliberada.
Al César lo que es del César: exigir rigor a los medios también implica juzgarlos de igual manera. Ni impunidad para las redacciones ni absolución para las fuentes que las engañan.
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