Reforma laboral: nostalgia sindical, realidad digital
Si una reforma laboral va a tener sentido, debe ser amplia y audaz, no un maquillaje de regulaciones viejas.
La reforma laboral argentina discute vacaciones, horarios y gremios de un mundo del trabajo que ya no existe, mientras el empleo real crece en el monotributo, el trabajo remoto y la economía por proyectos.
El debate público está capturado por sindicatos y discursos morales que denuncian precarización, aunque el sistema funciona masivamente fuera del esquema laboral del siglo XX.
Sin un replanteo profundo cualquier reforma será solo una ley vieja aplicada a problemas nuevos.
El debate sobre la reforma laboral argentina no puede reducirse a un pulso simplista entre sindicatos que viven en Narnia y empresarios que contratan monotributistas.
Tampoco puede limitarse a actualizar cláusulas antiguas de vacaciones o indemnizaciones. La discusión que se da en el Congreso que ya incluye propuestas de digitalización del empleo y formalización, pero estas apenas rozan la transformación del trabajo en el siglo XXI.
La reforma enfrenta un problema de enfoque porque "moderniza" normas que nacieron en el siglo XX sin preguntarse si la arquitectura legal actual del trabajo sirve para la realidad emergente, como explicó Luciano Román en La Nación. La economía gig, el trabajo por proyecto, la independencia de los monotributistas y la desvinculación de la noción de “empleo para toda la vida” son los modelos predominantes en Argentina y en el mundo. Encarar una "reforma" sin ese norte es una pérdida de tiempo.
Esto explica por qué muchísimos trabajadores, desde repartidores digitales hasta profesionales independientes, no nos sentimos representados ni por las organizaciones sindicales clásicas ni por las propuestas de reforma que insisten en pulir el statu quo. Es grotesco criticar la precarización laboral en televisión cuando el propio sistema de contratación mediática funciona bajo monotributo, validando estructuras que hoy muchos llaman “precariedad camuflada”.
El enfoque retórico termina alimentando una revisión moral selectiva del concepto de derechos laborales, aplicándolos solo a segmentos productivos del pasado mientras ignora las nuevas realidades.
Si una reforma laboral va a tener sentido, debe ser amplia y audaz, no un maquillaje de regulaciones viejas. Debe replantear qué significa trabajar, cómo se organizan las relaciones de dependencia y no dependencia, y cómo garantizar seguridad social y previsión en entornos donde la carrera profesional es fluida y los empleos múltiples. Esto implica un debate que vaya mucho más allá de los empresarios y sindicatos. Me tienen harto los sindicatos. Hasta las gónadas, para ser más claro: no sirven para nada. No ayudaron en contexto de inflación, porque eran "militantes de Alberto y Cristina" y ahora que se fue la inflación sólo molestan al que quiere laburar.
Una reforma que no entienda que vivimos en un mundo donde la flexibilidad y la autonomía ya no son marginales, sino predominantes, estará condenada a ser una ley vieja para problemas nuevos.
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