Proteccionismo: la estafa permanente

El proteccionismo debía ser transitorio; en Argentina se volvió "negocio" permanente que encarece precios, baja salarios y nunca creó industrias competitivas.

Imagen generada con inteligencia artificial.
Cuando el político es la estrella, el cliente deja de tener la razón.

El proteccionismo nació como una herramienta transitoria para crear industrias competitivas, no como un privilegio permanente.

En Argentina se transformó en un sistema de rentas que encarece precios y licúa el salario real.

La competencia no destruye la industria: expone décadas de incumplimiento.


El proteccionismo nació como un instrumento transitorio, limitado en el tiempo y condicionado a resultados. El problema argentino no es que exista el proteccionismo, es qué se hizo con él durante décadas.

La idea original existe, como excepción, incluso dentro del liberalismo con Adam Smith, defensor del libre comercio.

Adam Smith aceptaba restricciones puntuales cuando estaban justificadas por razones estratégicas, como defensa, aprendizaje productivo o transición. Más tarde, Alexander Hamilton formuló el argumento más influyente con la infant industry. La idea era proteger temporalmente a una industria naciente para que gane escala, productividad y capacidad exportadora.

El supuesto central era que la protección se retira cuando la industria madura.

Ahí está el punto de quiebre argentino. Lo que debía ser transitorio se volvió estructural. Durante décadas, amplios sectores industriales no usaron la protección para ganar competitividad, sino para capturar rentas. Aranceles, cupos, licencias y regulaciones no financiaron innovación ni productividad sino que fueron precios altos, baja calidad y dependencia política.

El resultado económico es directo y medible porque así se ve la caída del salario real.

Cuando un arancel encarece bienes básicos tales como ropa, calzado o productos manufacturados, el trabajador no gana menos pesos, pero compra menos cosas.

Es un impuesto regresivo, silencioso y permanente. El consumidor subsidia al productor ineficiente sin recibir nada a cambio.

Desde la teoría económica contemporánea, esto se llama búsqueda de rentas (rent-seeking), cuando actores privados invierten más en influir sobre el Estado que en mejorar su productividad. El proteccionismo deja de ser política de desarrollo y pasa a ser mecanismo de coima legalizada.

La competencia, entonces, no es crueldad, es sólo una rendición de cuentas. Después de décadas de privilegios sin resultados, lo que se termina no es la industria nacional, sino la estafa intelectual que la usó como excusa.

La teoría nunca prometió protección eterna.

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