Los juegos de la AFA son un riesgo estratégico para el país
El drama argentino es no entender qué tipo de poder se tiene y dejar que lo gerencien como si fuera un club de barrio.
El soft power es influencia por atracción, no por fuerza.
Las potencias lo buscan porque reduce costos y resistencia.
Argentina lo tiene, pero no lo entiende ni lo cuida.
El poder blando o soft power es esa cosa incómoda que las potencias explican con papers y los países periféricos suelen desperdiciar sin darse cuenta. El término lo acuñó Joseph Nye, y básicamente significa esto: lograr que otros hagan lo que vos querés sin amenazas, sin sanciones y sin bombarderos. Pura atracción. Glamour geopolítico. Influencia por simpatía (Soft Power, 2004).
El hard power, en cambio, es tosco pero claro: ejércitos, portaaviones, sanciones, dólares y misiles. El soft power se cocina a fuego lentísimo con cultura, reputación, símbolos compartidos y una mínima coherencia entre lo que decís y lo que hacés. Por eso es tan difícil de conseguir y tan fácil de perder. La literatura académica es unánime: es un recurso escaso, frágil y no exportable en contenedores (Nye; Melissen, Public Diplomacy, 2005).
Las potencias centrales lo desean desesperadamente porque abarata la dominación. Convencer cuesta menos que forzar. Así, Corea del Sur no invirtió miles de millones en K-pop por amor al arte. Francia no subsidia su cultura por nostalgia. El soft power compra influencia sin generar resistencia.
Y ahí entra Argentina, el caso absurdo. Sin hard power, sin economía robusta, sin peso militar; pero con un capital simbólico brutal. Fútbol, música, figuras globales, una marca cultural reconocible en cualquier aeropuerto del planeta. La academia diría: soft power alto, hard power inexistente.
Ese activo vale dinero y se traduce en turismo, exportaciones culturales y otros negocios para todos los argentinos porque las abre puertas que los fusiles no facilitan.
[EXEUNT]
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