Le podemos ganar a la corrupción (pero la justicia no nos sirve)

Hong Kong venció la corrupción con decisión política y educación desde la infancia.

Imagen generada con inteligencia artificial.
La deshonestidad de combate a esta edad.

No se combate la corrupción solo con presos, sino formando ciudadanos que no la toleren.


La Independent Commission Against Corruption (ICAC) de Hong Kong funcionaría extraordinariamente bien en la Argentina por una razón incómoda pero central: los problemas que enfrentó el territorio en los años 60 y 70 son estructuralmente compatibles con los argentinos. Corrupción sistémica, naturalización del soborno, baja confianza en la política y en el Estado, captura de organismos de control y una sociedad resignada a “cómo funcionan las cosas”. Todo eso era institucional. Y eso es clave.

Si el problema es institucional, la solución también puede serlo.

La ICAC se creó en 1974 tras la decisión política de separar la lucha anticorrupción de la policía y del poder político cotidiano, dotándola de independencia real, presupuesto propio y respaldo público. Su estrategia fue mucho más alla de investigar y castigar y se centró en el problema cultural de la falta de ética. Se apoyó en tres pilares inseparables: represión del delito, prevención institucional y educación social. Este último fue el diferencial que explica el cambio profundo.

La educación social explica el cambio profundo.

Los programas educativos de la ICAC comienzan desde el jardín de infantes. En edades tempranas se trabaja con cuentos, juegos, dibujos animados y actividades donde la honestidad se presenta como norma básica de convivencia.

En la escuela primaria, los contenidos se vuelven explícitos: qué es la corrupción, por qué perjudica a todos, cómo decir que no y por qué denunciar no es traicionar sino cuidar a la comunidad.

Se trabaja con ejemplos cotidianos, decisiones pequeñas y repetidas.

El objetivo fue reprogramar expectativas sociales, para que el soborno dejara de ser “viveza” y pasara a ser vergüenza.

Ese cambio cultural sostenido durante dos generaciones fue decisivo para que Hong Kong escalara posiciones en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparency International, ubicándose de forma consistente entre las economías más transparentes del mundo. No fue un salto mágico, sino que demandó trabajo acumulativo, predecible y estable.

La mejora institucional tuvo efectos económicos directos. Más transparencia redujo costos ocultos, atrajo inversión, fortaleció el estado de derecho y mejoró la calidad de los servicios públicos.

Para los hongkoneses, eso se tradujo en más oportunidades, salarios más altos, movilidad social y confianza cotidiana. Vivir en una sociedad previsible no es solo ético: es productivo.

En América Latina hubo intentos parciales, como comisiones anticorrupción en Chile, fiscalías especializadas en Brasil, programas de integridad en Colombia o Perú. Algunos lograron avances, pero casi todos fallaron en un punto central: no hicieron del cambio cultural una política de Estado sostenida desde la infancia.

América Latina fracasó porque enfocarse en el castigo sin reeducación.

La diferencia con la ICAC está en la persistencia, independencia y profundidad educativa.

El próximo cambio cultural de la Argentina demanda más, no menos, para alcanzar el país que todos anhelamos.

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