La falsa moderación frente a la peronería
El politólogo argentino Carlos Gervasoni midió las provincias como regímenes políticos, y el problema es normalizar enclaves de poder.
Si uno acepta que en varias provincias argentinas hay autoritarismos regionales donde los controles al gobernador son débiles y el poder se vuelve estructural, la discusión deja de ser entre matices democráticos, y pasa a ser entre democracia plena y regímenes dictatoriales híbridos.
La ciencia política argentina explica por qué la peronería es autoritarismo.
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Cuando Carlos Gervasoni estudia las provincias argentinas, hace ciencia política comparada y toma a las provincias como unidades comparables, construye un Subnational Democracy Index para 1983-2015 o Índice de Democracia Subnacional y lo complementa con una encuesta de expertos sobre el funcionamiento real de los regímenes provinciales. Su conclusión de fondo es simple y explosiva a la vez. Arriba a que dentro de una democracia nacional pueden sobrevivir provincias con rasgos híbridos, es decir, con elecciones, pero también con prácticas de poder que erosionan la competencia y la rendición de cuentas.
Eso importa porque obliga a ordenar la discusión política argentina de otra manera. Gervasoni muestra que el problema provincial no pasa principalmente por el fraude clásico o la represión abierta, que en general son menos frecuentes, sino por mecanismos más sofisticados como oficialismos con más exposición mediática y recursos de campaña que sus rivales, junto con controles legislativos y judiciales débiles frente al Ejecutivo. En su mapa de largo plazo, provincias como Formosa, La Rioja, San Luis, Santa Cruz y Santiago del Estero aparecen entre las menos democráticas, mientras que la Ciudad de Buenos Aires, Mendoza y Tierra del Fuego figuran entre las de mejor desempeño.
La correlación entre feudalismos provinciales y gobierno de la peronería es total.
La explicación que propone es estructural. En su teoría de los “fiscal federalism rents”, las provincias que reciben transferencias federales desproporcionadas y dependen menos de cobrar impuestos propios tienden a generar oficialismos más blindados. Ese dinero agranda al Estado local, vuelve más dependiente a la sociedad civil y reduce los incentivos del poder para tolerar competencia real o controles efectivos. Por lo tanto, donde el gobernador reparte más, también suele condicionar más.
En este contexto, la peronería demuestra ser una fuerza del autoritarismo de buenos modales, no de la democracia. Ubicarse en forma equidistante entre peronería y otros sectores es obviar que no se media entre dos variantes de la democracia, y se pone en el mismo plano a un sistema competitivo y a un enclave de poder.
Gervasoni no demuestra que el peronismo sea "malo, malo, malo". Sino que explica algo más serio y más verificable, porque en varios de los enclaves provinciales de menor calidad democrática en la Argentina contemporánea coincidieron con oficialismos largos, controles débiles y maquinarias políticas muy difíciles de desalojar. Y ese dato, para la peronería, es descalificante a nivel de valores compartidos con el resto de la ciudadanía del país.

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