Irán: la nueva fragilidad europea

Europa no sigue a EE.UU. en Irán por el costo interno, con un voto sensible y su miedo a abrir otra crisis doméstica.

Imagen generada por inteligencia artificial.
¿Es esta una "contracruzada" cultural?

La "contracruzada" cultural impacta en varios gobiernos europeos a limitar su apoyo a una operación estadounidense en Irán y el Estrecho de Ormuz.

Si bien esto no se explica por una sola variable, expone una realidad cada vez más visible y es que en buena parte de Europa, Medio Oriente dejó de ser un asunto lejano de política exterior y pasó a ser un problema directo de estabilidad doméstica, cálculo electoral y cohesión social.

La primera explicación de la distancia europea frente a una eventual operación militar junto a Estados Unidos en torno a Irán es la más evidente porque varios gobiernos europeos no quieren quedar sin opciones. Así, el primer ministro británico, Keir Starmer, dijo este 16 de marzo que el Reino Unido no será arrastrado a una “guerra más amplia” en Medio Oriente y planteó, en cambio, una salida basada en desescalada y en un plan colectivo para reabrir Ormuz. España fue todavía más lejos al descartar su participación en operaciones militares en el estrecho y, según Reuters, incluso negó el uso de bases españolas para aeronaves estadounidenses vinculadas al conflicto. Alemania también señaló que no tenía planes de enviar fuerzas adicionales y que la cuestión no debía plantearse como una misión de la OTAN.

Hasta ahí, la explicación parece convencional con prudencia estratégica, fatiga bélica, miedo al impacto energético y falta de consenso sobre el marco legal y político de la operación. Todo eso existe. Pero sería ingenuo no ver el otro plano: el doméstico.

En Europa occidental, las guerras de Medio Oriente dejaron de ser episodios externos. Hoy repercuten dentro de cada capital, dentro de cada sistema partidario y, muchas veces, dentro de cada distrito electoral sensible.

En el Reino Unido, ese condicionamiento ya se volvió visible en las urnas. Reuters informó en 2024 que el enojo por Gaza erosionó el apoyo musulmán a Labour. En las elecciones británicas de julio de ese año, el voto laborista cayó en promedio diez puntos en las circunscripciones donde más del 10% de la población se identifica como musulmana. La propia agencia también reportó campañas explícitas para movilizar el voto musulmán contra los grandes partidos a partir de su postura sobre Gaza. No estamos hablando de una abstracción sociológica: estamos hablando de un bloque electoral al que los partidos ya miran con atención real.

Ese dato importa todavía más cuando se lo combina con la transformación demográfica. Según la Office for National Statistics, en el censo de 2021 había 3,9 millones de musulmanes en Inglaterra y Gales, equivalentes al 6,5% de la población, contra 2,7 millones y 4,9% en 2011. Es un cambio sustantivo en apenas una década. No significa, por sí mismo, que exista un “voto musulmán” monolítico ni que toda política exterior británica se explique por ese factor. Pero sí significa que la sensibilidad de los partidos frente a Medio Oriente ya no puede separarse del mapa electoral interno.

En Francia, el cuadro es distinto pero apunta en la misma dirección. Reuters reportó en 2024 que la guerra de Gaza reconfiguraba parte de la política europea de izquierda y que La France Insoumise era particularmente popular entre votantes musulmanes, con una agenda abiertamente centrada en Palestina. En paralelo, un informe encargado por el gobierno francés y revelado por la misma Reuters en 2025 advirtió sobre la influencia de la Hermandad Musulmana y el riesgo que, según ese documento, eso supone para la cohesión republicana. A la vez, IFOP estimó en 2025 que los musulmanes representan alrededor del 7% de la población adulta francesa.

Europa occidental hoy calcula a Irán con barrios, encuestas y urnas.

Los gobiernos saben que cualquier alineamiento demasiado visible con Washington en un conflicto de alto voltaje en Medio Oriente puede traducirse en protestas, fragmentación política, castigo electoral y nuevas fracturas sociales. Eso no implica que la política europea esté “tomada” por un solo grupo pero implica que el costo interno de ciertas decisiones externas subió mucho.

También hay que agregar otro elemento con la debilidad de la voluntad estratégica europea. Desde hace años, muchos aliados de Estados Unidos quieren los beneficios del paraguas de seguridad occidental sin pagar siempre el costo político y militar de acompañar a Washington en escenarios difíciles. Ormuz vuelve a exponer esa tensión. Cuando sube el riesgo real, varios prefieren hablar de legalidad, desescalada o multilateralismo. Algunas de esas objeciones pueden ser legítimas, pero el resultado práctico es que Estados Unidos pide respaldo y una parte importante de Europa mira para otro lado.

La conclusión es que el problema es que Europa cambió, y con ella cambió su relación con el uso del poder, con la guerra, con Israel, con Estados Unidos y con su propia composición social.

El Reino Unido, Francia, España y Alemania siguen siendo economías relevantes. Pero cada vez más actúan como democracias hipersensibles al costo interno inmediato, incluso en cuestiones estratégicas mayores. Y cuando eso pasa, la política exterior deja de ser un instrumento de poder y pasa a ser un ejercicio de administración del daño doméstico.

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