Argentina: democracia feudal
La democracia argentina vive bajo asedio de feudos provinciales: partidos perpetuos dominan geografías reproduciendo liderazgos autoritarios.
Varias provincias argentinas funcionan como autoritarismos subnacionales, donde un partido o líder concentra poder durante décadas y limita la competencia real.
Casos como Formosa, Santa Cruz o Neuquén muestran cómo redes clientelares, control institucional y dependencia económica perpetúan gobiernos hegemónicos.
Mientras existan estos feudos internos, la democracia argentina seguirá siendo incompleta y vulnerable a la reproducción de liderazgos autoritarios a escala nacional.
La democracia argentina arrastra una tensión estructural que la academia local señala desde hace décadas: la persistencia de regímenes subnacionales no competitivos dentro de un sistema nacional competitivo.
El politólogo Guillermo O’Donnell lo advirtió en los años noventa cuando describió las “zonas marrones”, territorios donde el Estado de derecho se diluye y la ciudadanía carece de protección y de derechos plenos. Allí, afirmaba O’Donnell, la democracia existe como fachada institucional, pero no como experiencia efectiva.
El caso de Formosa bajo Gildo Insfrán es paradigmático. Desde 1995, el poder actúa con características hegemónicas: control absoluto del aparato estatal, parcialidad mediática, disciplinamiento económico y un sistema electoral diseñado para preservar la continuidad. Neuquén bajo el Movimiento Popular Neuquino exhibe rasgos similares desde 1962, constituyendo lo que Alberto Bonnet o Carlos Gervasoni definen como feudos electorales sostenidos por recursos fiscales, redes clientelares y barreras competitivas.
Estos núcleos hegemónicos producen un fenómeno estudiado con profundidad por Gervasoni, Behrend y Calvo: autoritarismos subnacionales incrustados dentro de una democracia nacional.
El votante sigue siendo formalmente libre, pero la estructura de incentivos, dependencia económica y ausencia de protección pluralista genera resultados sistemáticos que, en la práctica, perpetúan al mismo gobernante o partido.
No se trata solo de anomalías institucionales. Estos enclaves funcionan como laboratorios de elites autoritarias. Casos históricos como el ascenso de Néstor Kirchner desde la gobernación de Santa Cruz, un territorio con férreo control político y mediático desde 1991, ilustran cómo prácticas locales de hiperpresidencialismo, manejo discrecional de fondos y control institucional se proyectan luego a escala nacional.
Sin democratización provincial, la democracia argentina permanece incompleta.
Hasta que las “colonias internas” sean desactivadas y la competencia política sea real en todo el territorio, la república convivirá con zonas donde la ciudadanía vota, pero no elige.
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